A veces es preciso recurrir a la historia del universo para no estrellarse en el espacio de cada día.

Los agujeros negros, por ejemplo. Se forman en un proceso de colapso gravitatorio a partir de la «muerte» de una gigante roja. Lo que dicho de otro modo podría traducirse como muerto el comunismo, el neoliberalismo empieza a gravitar sobre sí mismo. La misma gravedad que en un principio mantiene a la estrella estable, o al sistema en un Estado de Bienestar y consumo, la empieza a comprimir hasta que los átomos comienzan a aplastarse; o, siguiendo el paralelismo, el planeta soporta más presión de la posible y se acerca al colapso ecológico y económico.

Un agujero negro es el resultado de la acción de la gravedad extrema llevada hasta el límite. Es a lo que nos estamos enfrentando: a la apropiación de los recursos escasos con violencia, como muestra el relato y los asesinatos -321, en 2018- de las defensoras de derechos humanos y ambientalistas latinoamericanas; y, al autoritarismo extremo y los ataques contra personas migrantes, racializadas, pobres, feministas, colectivo LGTBIQ+, etc., por destacar dos ejemplos.

La gravedad de un agujero negro provoca una singularidad envuelta por una superficie cerrada, llamada horizonte de sucesos. En nuestro horizonte de sucesos más próximo observamos fenómenos como la precarización de grupos sociales, la incitación a la guerra entre pobres, la mercantilización de la vida, la privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas.

Como afirma Juan Hernández Zubizarreta, “en estos momentos, no resulta extraño defender que el autoritarismo extremo esté dando paso a un nuevo neofascismo donde la necropolítica: el dejar morir a personas inocentes, racializadas y pobres; las prácticas racistas; la fragmentación de derechos según las categorías de personas; la criminalización de la solidaridad; la persecución de la disidencia; el agravamiento de las prácticas coloniales; los feminicidios de mujeres y disidentes de género a lo largo del planeta; las expropiaciones colectivas por medio del pago de la deuda externa; las expulsiones de millones de personas de sus tierras donde el nivel del mar se está “comiendo” la tierra habitada o las empresas transnacionales amputan sus recursos naturales, etc., se convierten en regla y no en excepción. Hay una mezcla entre prácticas fascistas y totalitarias, que van transitando hacia un nuevo modelo neofascista. Los muros construidos a lo largo del planeta no son ajenos a esta lógica de dominación”.
Los túneles del tiempo y de la memoria nos retrotraen a otras épocas pasadas, como el fascismo de los años 30. Sin embargo, a diferencia de estos fascismos, que terminaron conformándose en dictaduras aún accediendo al poder por triunfo electoral, el neofascismo actual cala en esta sociedad líquida y es capaz de convivir con las actuales instituciones democráticas como si todo fuese tolerable, televisable y susceptible de ser democrático en la medida que es votable por un censo electoral en vigor, como si no hubiese un mañana que cuidar, ni un ayer con una larga trayectoria de lucha por generar principios y espacios sobre los que asentar los derechos humanos y la democracia.

La gravedad de un agujero negro atrae y engulle todo lo que encuentra a su alrededor. Y así como en el centro de la mayoría de las galaxias se conjetura que hay agujeros negros, tenemos la certeza de que hay núcleos centrales con prácticas políticas éticamente intolerables en muchos puntos del planeta. La extrema derecha, como los agujeros negros, se vale del miedo para ejercer su influjo. Prestemos atención a la atracción fatal que el neofascismo ejerce en el espacio político y cotidiano porque su dinámica le conduce a engullir todo lo que dejemos a su alcance: los derechos humanos, la soberanía popular, el poder judicial, etc.

Definitivamente, no hay vida digna en el espacio neofascista. Es preciso construir espacios globales de solidaridad internacional y reconfigurar el sistema internacional económico y de protección de los derechos humanos antes de que sea demasiado tarde y el planeta se extinga en manos de la última especie dominante: el homo economicus neofascista.

Como dicen Yayo Herrero y el feminismo, la clave es articular una agenda en torno a la sostenibilidad de la vida: ¿qué podemos hacer para garantizar condiciones de vida digna para las mayorías sociales —alimento, vivienda, tiempo para los proyectos propios, educación, salud, poder colectivo, corresponsabilidad en los cuidados…— en un planeta parcialmente agotado y con un calentamiento global irreversible? Mirar desde ahí nos conduce a propuestas bastante diferentes a las que pretende imponer el neofascismo, y a ponernos de acuerdo y entendernos. Es preciso asumir que la crisis ecológica, el racismo colonial y el patriarcado constituyen, junto con la explotación del trabajo humano, los pilares materiales de la crisis civilizatoria y avanzar en todos ellos es fundamental para abordarla.
Para Stephen Hawking el universo no solo tiene una historia, sino cualquier historia posible. Pongámonos manos a la obra, incluso si es domingo, porque como también dijo el estudioso de los agujeros negros, no es necesario invocar a Dios para que encienda la mecha y ponga el universo en funcionamiento.

Stephen Hawking, que estás en los cielos, envíanos una estrella, si no roja, de todos los colores posibles. Veremos si con ella, aquí, generamos un horizonte de sucesos que nos libre del neofascismo. Hagámoslo ensanchando el espacio personal y colectivo con una teoría de cuerdas hecha de lazos, empatía y afectos.

Cristina Garcia de Andoin Martin

ONGI ETORRI ERREFUXIATUAK